domingo, 13 de diciembre de 2009


A partir del cuadro “La Venus del espejo” de Diego Velázquez, tomo mi propio cuerpo para re-presentar o presentarme en éste cuadro, en la posición de la propia Venus, ahora como una mujer real, tangible, utilizando mi cuerpo como medio para desmitificar a la mujer como objeto de representación, como mujer presentada; y en ésta pintura específicamente, creando un ambiente irónico al ejemplificar, primero, a Cupido, como un ser irreal, de plástico, y la banalidad del amor visto como completa relación a la belleza, una belleza carnal o física, claro, estereotipada al igual que todos los cuerpos femeninos de la historia del arte (ésto hablando de la historia hasta antes de los movimientos feministas del siglo pasado, cuando comenzó a ser visible la conciencia de la representación de la mujer en el arte). Y a ésto también la relación de la mujer con la vanidad, al estar ese muñeco de plástico sosteniendo un espejo incitando a mirarme al espejo con motivo de admiración y vanidad, mi rostro lo ignora y queda un vació en el reflejo del espejo, como haciendo una relación sobre amor-belleza-banalidad-vacío. Entonces el cuerpo mismo (mi cuerpo) se convierte en discurso puesto en acción, un elemento de choque y de protesta.


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